No creo en el ritual. Sí en lo que provoca.
Nunca he creído demasiado en los rituales de Navidad. Y eso que crecí en un hogar —y en un país— donde diciembre se toma en serio: la mesa, la música, la familia, la foto, la promesa de “este año sí”.
A mí me cuesta el libreto. Me cuesta el “hay que”. Me cuesta fingir que un calendario puede arreglar lo que venimos cargando desde enero.
Pero sí creo en otra cosa: en el pequeño milagro social que provoca diciembre. En esa unión —y esa juerga— que, por unas horas, cruza clases, calles y humores.
Aun así, la tregua no suena igual en todas partes. Cambia el idioma, cambia el clima, cambia el ritmo. Lo que no cambia es lo básico que sostiene una vida: un techo, calor, agua, luz, un lugar donde la noche no te expulse.
Y yo tardé en verlo. Antes vivía diciembre como vive casi todo el mundo: centrado en lo mío. Ahora me cuesta “des-ver” lo que está alrededor.
Moscú: el 24 que no se detiene
En Moscú, el 24 de diciembre puede ser un día normal. La ciudad no se ordena alrededor de tu nostalgia. La Navidad grande llega a inicios de enero (el 6 por la noche y el 7), y eso cambia el aire: no existe la misma presión social de “hoy toca”.
Lo que sí toca es la helada.
Salí del trabajo a eso de las 21:00 con -23 °C y la barba hecha hielo. Gorra hasta las cejas, manos enterradas en el abrigo, y esa sensación de que la ciudad te mide la resistencia a cada cuadra.
Nos encontramos cerca de la universidad: un grupo de amigos, medio transeúntes, buscando qué hacer con la noche del 24, sin rumbo fijo. Había nieve por todas partes. En el perekhod —el túnel peatonal que cruza la calle— se agrupaba gente tomando vodka.
Nosotros pasamos de largo. Fuimos a una tienda y nos quedamos adentro, riéndonos con los rusos que entraban y salían sin entender qué celebrábamos. Les explicábamos, como podíamos, que para nosotros esa fecha era especial.
Luego volvimos al golpe del frío y caminamos hasta la residencia estudiantil. La cerraban a la 1 a. m. y nos tocó pagar para que nos dejaran entrar.
Nosotros teníamos un techo. Muchos no.
Esa noche lo vi claro: algunos seguían en la calle, refugiándose en un perekhod o tratando de colarse a los sótanos de los edificios donde pasa la calefacción. Diez minutos quieto en un solo lugar y se te congelaba todo —literalmente todo—.
Ahí la Navidad dejó de ser un ritual ajeno —o un gesto familiar— y se volvió una pregunta que me persigue desde entonces: ¿qué significa celebrar cuando lo básico —techo, agua, energía— no está garantizado?
En Moscú aprendí otra cosa: incluso los residuos tienen clima. Afuera, la nieve cubría botellas, bolsas, restos. Todo parecía limpio porque el invierno borra, aunque sea por un rato. Hay lugares donde el rastro desaparece bajo blanco… y lugares donde se queda gritándote en la acera.
Me quedó una certeza: el ritual puede no existir, pero la necesidad de abrigo —literal y emocional— siempre encuentra su forma.
El termómetro me cambió de golpe: del invierno que te encierra pasé al Caribe que te empuja a la calle.
Santo Domingo: el país que te reconoce
Si Moscú te enseña a sobrevivir hacia adentro, Santo Domingo te obliga a levantar la cabeza. Es alegre, sí, pero sobre todo te reconoce.
Caminas una cuadra y alguien te saluda. Te pregunta cómo estás. Te mira a los ojos con una sonrisa como si te conociera de toda la vida.
Me acuerdo de una escena mínima: una esquina con colmado, música abierta, un señor que me dijo “mi hermano” como si lo fuera… y una silla que apareció sin pedirla. Ese tipo de hospitalidad no se compra. No viene en factura. Es una energía social.
Las festividades allá no se sienten como un “evento”. Se sienten como un estado natural. Hay bulla. Hay calle. Hay familia extendida, aunque no sea tuya.
Claro que también hay otra cara.
En una isla, el agua siempre está presente como preocupación: por la calidad, por el costo, por el botellón azul que se volvió rutina, por el hielo en bolsa que sostiene bebidas y conversaciones.
Y la luz te recuerda, a veces, que la alegría no es garantía. Cuando se va, cambia la noche.
Una noche se me hizo evidente: se fue la luz en media cuadra, y en la otra mitad siguió la música como si nada. De un lado, velas y abanicos. Del otro, un zumbido constante de generador. Y aun así, en ambos lados, alguien terminó gritando “¡ven pa’cá!” y compartiendo una silla como si eso fuera lo importante.
Después de la fiesta queda el rastro.
Vasos plásticos, botellas, cajas, bolsas. Residuos que cuentan una historia paralela: quién limpia, quién recoge, quién vive al lado del montón hasta que desaparece. La celebración también se mide por lo que dejamos atrás… y por quién termina cargándolo.
Ahí entendí otra cosa: cuando la comunidad está viva, amortigua el golpe. No te resuelve lo básico —que el agua sea confiable, que la luz no sea una ruleta—, pero te salva de lo peor: la soledad.
Volví a Bogotá, y la calle me recordó —sin música de fondo— que hay lugares donde no se puede pasar de largo.
Bogotá: la ciudad que no te deja pasar
Bogotá es una ciudad golpeada. Tiene una dignidad dura, como el clima. Y tiene una indigencia que —por su presencia— se vuelve imposible de ignorar.
En cada esquina ves a alguien sin techo. En cada semáforo, alguien que busca una moneda o un minuto de atención. Y lo que me impacta no es solo la realidad en sí, sino el contraste entre el visitante y el capitalino.
El capitalino convive con esa escena. La integra al paisaje. Aprende a no mirar, porque mirar todo el tiempo duele.
El visitante, en cambio, la siente como un puño.
Yo lo sentí una tarde helada: un hombre enrollado en una cobija fina, pegado a una pared, mirando a la nada con los ojos abiertos. A dos metros, la vida seguía: buses, bocinas, gente apurada.
Ahí pensé en la palabra hogar como en algo físico, casi brutal: techo, calor, un enchufe, un vaso de agua.
Esa misma tarde, a unas cuadras, vi a un reciclador abrir una bolsa con cuidado —no por higiene, sino por oficio— y separar cartón como quien ordena un rompecabezas ajeno. Nadie lo miraba. La gente pasaba por encima.
Y se me quedó clavada una idea simple: hay gente que vive de lo que otros ni siquiera se detienen a ver.
En Bogotá, además, el rastro es visible. Carretas, bolsas abiertas, cartones, botellas. Residuos que no están “fuera” del sistema: son parte del sistema.
Otro espejo: quién puede botar sin pensar y quién vive de lo que otros botaron.
No es que en Rusia o en República Dominicana no exista esta problemática. Existe. Pero aquí, en Bogotá, está marcada de una manera que te atraviesa si estás atento.
Y ahí confirmé algo: hay ciudades que no te permiten celebrar sin mirar alrededor.
Al final, en los tres escenarios, diciembre cambia de forma.
En Moscú, el 24 es casi invisible para la mayoría, pero el frío grita. En Santo Domingo, la vida se siente como una conversación permanente. En Bogotá, la herida se muestra en cada esquina.
Pero el núcleo es el mismo.
Un techo. Calefacción o sombra. Agua segura. Energía confiable. Calor humano. Una familia —o una comunidad— que te sostenga cuando el calendario no alcanza.
Vuelvo al punto inicial: yo no creo demasiado en el ritual. Pero sí creo en ese milagro breve que la Navidad provoca cuando funciona: la gente afloja el orgullo, baja el conflicto, se concede humanidad.
La pregunta no es si celebramos el 24, el 6/7 de enero o cualquier otro día. La pregunta es qué hacemos con esa tregua cuando se acaba la música.
Porque el agua que damos por hecha, la luz que encendemos sin pensar y el rastro que dejamos en la calle también cuentan quiénes somos.
¿Esa tregua se queda en nuestra mesa… o por fin nos empuja a mirar al lado?